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Cuando yo no esté

Maite

—"Cuando yo no esté...

—"Cuándo yo no esté ¿quién se acurrucurá al lado de tu soledad incomprensible e incomprendida? ¿Quién llegará a ese remoto y enigmático mundo tuyo para acompañarte en el vuelo fantástico?

—"¿Quién, amado hijo, te cubrirá en las noches de invierno con la manta color verde, que a vos tanto te gusta, y con el beso azul de mi: "Hasta mañana cariño"? ¿Quién velará tu sueño, tu vigilia, tu lejana conciencia, tu cercano silencio? ¿Quién protegerá tu delicado ser en medio de los miedos? ¿Quién, como yo, hijo mío, danzará al lado de tus ocultas alegrías a los ojos del mundo?

—"¿Quién, querido, correrá hasta el rincón donde estás temblando y sudoroso presa del pánico que disparó quien sabe que misterioso monstruo?

—"Exhausta, en una demolición súbita y terrible que sobreviene a esa fortaleza que durante el día se erige por amor de tu ser, por las noches caigo al precipicio de la pena. Canales han formado ya en mi rostro esas perlas amargas. Son frutos de las noches en que, rendida, me preguntó: ¿Y cuándo yo no esté?

—"Una oración, que a duras penas brota de mi alma, me da cierta esperanza y me entrega a la paz artificial del sueño. Es una paz incompleta, una paz obligada, una paz dolorosa, porque advierto que allá en la profundidad de mi existencia no cesa la pregunta: ¿Y cuándo yo no esté?

—"A veces hago un alto y miro tu mirada que me mira, y me doy cuenta de que vos también estás lleno de una misma pregunta en la que apenas varía ese pronombre visible que hace de sujeto, que en realidad es uno y que nos une. En esa pregunta vos también te preguntás: ¿Y cuándo vos no estés, mamá?. Entonces se me hace un nudo en la garganta y en el alma... y sigo, porque debo seguir".

—Las palabras precedentes, amigos, tienen una causa que relataré brevemente: una señora, una mamá, subió a un colectivo con su hijo autista que, además, padece otros problemas. Nadie del pasaje se levantó para ceder el asiento a ese chico y esa madre. Es más, un adolescente, insensible y mal educado que iba en el primer asiento, se hizo el dormido cuando advirtió que subía la mujer con su hijo. Llena de indignación y tristeza, al ver que nadie le cedía el asiento (en realidad era más que eso, era el enojo y la pena por la ausencia de esa solidaridad que es ya una virtud que se pierde lentamente) ella no pudo más y de viva voz, preguntó: ¿Nadie será "capaz" de ceder el asiento a un "discapacitado"? Fue entonces cuando el chofer detuvo el colectivo, hizo descender al maleducado que había simulado estar dormido (y que además había contestado a la mujer de muy mal modo) y su hijo pudo al fin sentarse.

—Esta breve y simple historia cotidiana, que conocí a partir de una carta que esta mujer le envió a mi esposa, hace que me formule hoy la siguiente pregunta: ¿cuántos de nosotros, también, nos hacemos los dormidos ante tantas personas desamparadas y sufrientes?

Candi II
http://moni-autismonoesmalapalabra.blogspot.com/

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